Vaya por delante que lo que voy a escribir no tiene nada que ver con mi actuación en este Mundial, mala a todas luces, al verme obligado a abandonar a pesar del esfuerzo hecho por mi parte y por la RFEA de buscar la mejor adaptación posible al duro clima que reina en la capital catarí.

Pero, como participante en seis mundiales, puedo decir que en este he respirado una atmósfera bien distinta, y no me refiero ahora a la humedad del aire. Desde la designación de la sede este Mundial ya olía «raro», de hecho creo que siguen abiertas investigaciones sobre presuntos sobornos, comisiones o lo que sea que hubiera… Aunque no me quería referir exactamente a esto. Sino a la sensación de que no estás en un Campeonato del Mundo. Falta alma, pasión, cariño…

Sólo los protagonistas y los pocos aficionados que han podido venir desde fuera ponemos ese punto romántico que necesita el deporte para no convertirse en un mero intercambio de favores, en un ente prostituido para poder hacer al mundo una demostración de opulencia tecnológica, en un juego sin importancia que mirar de reojo mientras se cierran negocios en un palco.

El panorama para el que viene de ediciones anteriores es desolador. Circuitos vacíos. Gradas vacías. Gente traída desde fuera en turnos de 10 minutos a ocupar sitios libres. Aparentemente bastante poca difusión. Ninguna admiración por los deportistas, muchas veces ni siquiera empatía. Desinterés por lo que sucede en las competiciones, hasta tal punto de no ser ni televisadas en el propio país. Porque el legado que va a dejar este Campeonato en Doha no va mucho más allá del cemento.

Sé que podéis pensar que igual estoy tirando piedras contra nuestro tejado o que no sirve de nada que un atleta alce la voz. Quizá pensaréis que soy demasiado utópico, soñador o que ya estoy mayor y que la vida hoy en día va por otros caminos, pero me gustaría que a las próximas generaciones les quedara un deporte más puro, más esencial, más auténtico. Tal vez sólo debamos conformarnos con que les quede deporte.